21 de enero – “La ley se hizo para el hombre y no el hombre para la ley” (Mc 2,23-28)

Con la libertad que da sentirse en la verdad,
tú me ofreces cada día caminar en la verdad.
Con la serenidad que da saberse liberado,
tú me ofreces la libertad de interpretar la ley
siempre desde el amor y el compromiso por los demás.
Con la certeza de acertar,
tú me pides que ponga por encima de todo a los otros,
a su vida, a su servicio, a su cuidado.
Con la realidad entre las manos,
tú me ofreces un proyecto real y realista,
realizable en las pequeñas cosas
y en las pequeñas cosas realmente plenificante.
Con la firmeza del que se sabe en el amor,
tú me propones cumplir la ley si es para crecer,
para iluminar, para crear, para dignificar,
para seguir caminando.
Con la claridad de ideas que da el saberse Hijo,
tú me recuerdas que soy hijo también
y me concedes el don de cumplir tus mandamientos,
mandamientos que me hacen, me consolidan
y me vertebran como persona.
Con la tranquilidad que te caracteriza,
una vez más me recuerdas que la ley se hizo para el hombre
y no el hombre para la ley, y me dices al oído:
disfruta de los mandamientos,
vive con libertad en la ley del Señor,
sé fiel a tu corazón,
actúa siempre en conciencia,
sincroniza tu agenda a la voluntad del Señor de la vida
y déjate hacer por el amor.
Lo demás vendrá por añadidura. Así sea.