27 de enero – “Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir” (Mc 3,22-30)

Me sueñas entero, Señor,
me sueñas sin divisiones, sin incoherencias,
sin peros, sin fracturas, sin separatismos,
sin esquizofrenias, sin apariencias,
sin caretas ni maquillajes.
Me sueñas en Espíritu y en Verdad.

Me sueñas completo,
con un corazón magnánimo, libre y servicial,
me sueñas dispuesto, atrevido,
comprometido con las causas más sencillas y más nobles.

Me sueñas entregado a los demás,
cotidianamente, sin demasiado ruido,
sin alharacas ni aspavientos,
con sencillez y sensibilidad,
con atención y mirada limpia.

Me sueñas alegre y jovial,
sonriente aún en la prueba,
sereno ante el dolor,
conmovido ante la pena,
emocionado ante la emoción de quien sea.

Me sueñas así, Señor,
y me quieres como soy:
a veces roto, a veces dividido, a veces incoherente, a veces aparente,
a veces raquítico en mi entrega,
con poca disponibilidad y comprometido en vanidades,
a veces con demasiados aspavientos
y conmovido por superficialidades.

Me quieres y me dices:
“Se perdonará todo a los hijos de los hombres,
los pecados y las blasfemias,
por muchas que éstas sean”
si andamos en tu Espíritu, si tu Espíritu encuentra faena en nosotros,
si hacemos de lo que somos y tenemos su casa,
si nos dejamos hacer por él.

Sólo así llegará un día
en que lo que sueñas para mí
y lo que soy serán la misma cosa. Así sea