4 de abril – Sábado Santo: “Si el grano de trigo no muere…”

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Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor meditando su pasión y muerte, y se abstiene del sacrificio de la misa, quedando por ello desnudo el altar hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales. En este día no se distribuye la comunión, a no ser en caso de viático.

El misterio específico del Sábado Santo es éste: la ausencia del Señor. El Señor ha ocultado su rostro, ha sustraído su presencia, el Señor está ausente; el Señor, mistéricamente, está muerto.

Los elementos que convenimos en llamar “mistéricos” son los siguientes:

a) La privación de la Eucaristía. Siempre según esta lógica del misterio, es imposible la Eucaristía en Sábado Santo, porque el Señor “no está”.
b) Tampoco se proclama la Palabra de Dios en la asamblea Eucarística. No hay Eucaristía, no hay Palabra en contexto de Eucaristía a diferencia del Viernes Santo.
c) La experiencia del vacío. Cuando se nos muere un ser querido decimos que nos ha dejado un vacío que no se puede llenar; la casa está vacía. El Sábado Santo es el contacto con el vacío. Este vacío, que es sobrecogimiento, silencio y ayuno, es misterio, y su vivencia es una celebración cultual en lo hondo.

Este día es para vivirlo desde la quietud meditativa, permaneciendo en paz y sobrecogidos ante la ausencia del Señor.

Meditar “viendo” hacia la sepultura del Señor (¿qué hemos de sepultar nosotros?; el descanso del Señor, empeñémonos en entrar en el descanso del Señor (cf. Hb 4, 1-13); el Señor desciende al abismo y se encuentra con los justos (se trata del insondable misterio que los cristianos confesamos en el Credo: “Y descendió a los infiernos”).
El grano de trigo ha muerto y está sepultado en el seno de la tierra, pero va a producir por eso mismo abundante fruto (cf. Jn 12, 24). Cristo está con los muertos. Luego será primogénito de entre los muertos, la primicia de la nueva creación.

Cristo se ha hecho solidario hasta el final con el hombre mortal (¿somos solidarios como Jesús?). Solidario de su fracaso, de su silencio, de sus momentos de hundimiento, de los momentos en que parece que ha triunfado el mal y la muerte (miremos hacia nuestra propia experiencia). El sepulcro no va a ser la última palabra, pero es muy en serio. “¿Por qué me has abandonado?.

La bajada al “infierno” forma parte de la dinámica de la Pascua (¿Identificas tu “infierno”?). Es muerte y liberación, descenso y ascenso en un movimiento unitario. Cristo rompe el poder de la muerte y nos saca de “nuestros sepulcros”. Nos toma de la mano (¿te dejas sacar de tus sepulcros?). La muerte ha sido vencida y sus llaves, desparramadas.

De una manera o de otra, complementariamente, la comunidad cristiana contempla a Jesús en el sepulcro, en su silencio, en su dolor, en su fracaso personalizando, frente a Jesús en el sepulcro, nuestro(s) sepulcro(s), nuestro(s) dolor(es), nuestro(s) fracaso(s). Callamos y oramos. Velamos. Ya sabemos que resucitará, pero mientras tanto tomemos muy en serio el sepulcro de aquel que dio su vida por nosotros.

oscar.alonso@oracionesdiarias.