7 de febrero – “Cuando lo escuchaba quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto” (Mc 6,14-29)

Señor, cuando te escucho,
¿qué siento?¿Cómo me interpelan tus palabras?¿Y tus obras?
¿Se me ha acostumbrado el oído a oír te hablar
y ya no me conmueve tu Palabra
y tus gestos solidarios en lo profundo?

Señor, cuando te escucho,
¿me desconciertas?¿Logras descentrarme?
¿Pones en tela de juicio mis seguridades y afirmaciones rotundas?
¿Desequilibras mi balanza, mi modo de mirar,
mi tendencia al juicio rápido, mi murmuro en torno a los otros;
interpelas mi fe, esperanza y caridad?

Señor, cuando te escucho,
¿lo hago con gusto? ¿Dedico tiempo para hacerlo?
¿Logro reservarte espacios importantes en mi jornada
para que mi mente y mi corazón
se serenen y reposen tu Palabra?
¿Me dejo transformar por ella?

Señor, sabes que te escucho,
ya conoces mis sorderas, mis reticencias, resistencias y mis peros,
por eso hoy te digo que:
antes de hablar, te escuche;
que antes de juzgar, te escuche;
que antes de dirigir, te escuche;
que antes de corregir, te escuche;
que antes de liarme a hacer cosas, te escuche;
que antes de orar, te escuche;
que antes de acompañar, te escuche;
que antes de quejarme, te escuche;
que antes de tirar la toalla, te escuche;
que antes de buscar excusas, te escuche;
que antes de perderme, te escuche.

Señor, te pido que tu Palabra me deje desconcertado,
que la escuche siempre con gusto
y que transforme mi vida en lo profundo. Así sea.