8 de noviembre

Hay que mirarse al espejo antes de juzgar.

Recordar, en la propia historia, las miradas ciegas, las frases hirientes, los silencios cómodos, los abrazos negados, los pasos vacilantes,, los deseos inconfesables, las oportunidades perdidas, las prisiones de dentro.

Solo entonces volverse al otro, a sus ojos que ignoran, sus palabras que matan, sus mutismos distantes, su caricia olvidada, sus pies que se tropiezan, sus anhelos prohibidos, sus horas malgastadas, sus celdas invisibles.

Mirarse, mirarles. Y pronunciar, con ternura, un veredicto de esperanza. Así sea.

(José María R. Olaizola, sj)