Fiesta de los Santos Inocentes


En este 28 de diciembre recordamos el martirio de los santos inocentes. Según un relato del evangelio de san Mateo (Mt 2,13-18), el rey Herodes mandó matar a los niños de Belén menores de dos años al verse burlado por los magos de Oriente que habían venido a adorar a un recién nacido de estirpe regia:

“Herodes, al ver que los Magos le habían engañado, se irritó en extremo, y mandó matar a todos los niños que había en Belén y toda la comarca, de dos años para abajo, de acuerdo al tiempo que cuidadosamente había averiguado de los Magos”.

Desde el siglo IV se estableció una fiesta para venerar a estos niños, muertos como “mártires” en sustitución de Jesús. En la iconografía se les presenta como niños pequeños y de pecho, con coronas y palmas (alusión a su martirio). La tradición concibe su muerte como “bautismo de sangre” (cfr. Rm 6,3) y preámbulo al “éxodo cristiano”, semejante a la masacre de otros niños hebreos que hubo en Egipto antes de su salida de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios (cfr. Éx 3,10).

Y sí… no hay explicación fácil para el sufrimiento, y mucho menos para el de los inocentes. El hecho histórico que hoy conmemoramos nos muestra el sufrimiento, a primera vista inútil e injusto, de unos niños que dan sus vidas por una persona y por una verdad que aún no conocen. El sufrimiento escandaliza con frecuencia y se levanta ante muchos como un inmenso muro que les impide ver a Dios y su amor infinito por los hombres. ¿Por qué no evita Dios todopoderoso tanto dolor aparentemente inútil?

El dolor es un misterio y, sin embargo, el cristiano con fe puede descubrir en la oscuridad del sufrimiento, propio y ajeno, la mano amorosa y providente de su Padre Dios que sabe más y ve más lejos, al menos mucho más allá de donde llegamos nosotros, para quienes el dolor y el sufrimiento nos resultan inexplicables o incomprensibles.

El dolor se presenta en muchas formas, y en ninguna de ellas es espontáneamente querido por nadie. Sin embargo, Jesús proclama bienaventurados a los que lloran, es decir, a quienes en esta vida llevan algo más de cruz: enfermedad, incapacidad, dolor físico, pobreza, difamación, injusticia. Porque la fe cambia de signo al dolor, que, junto a Cristo, se convierte en una “caricia” de Dios, en algo de gran valor y fecundidad. La cruz, el dolor y el sufrimiento, fue el medio que utilizó el Señor para redimirnos. Pudo servirse de otros medios, pero quiso redimirnos precisamente por la cruz. Desde entonces el dolor tiene un nuevo sentido, sólo comprensible junto a él.

Los santos inocentes proclaman la gloria del Señor en este día, pero no de palabra, sino con su muerte. Que el mismo Jesús nos conceda por la intercesión de estos mártires inocentes testimoniar con nuestra vida la fe que profesamos de palabra.

Pero no nos quedemos solo contemplando al hecho histórico que hoy la liturgia de la Iglesia nos presenta. Miremos el presente, nuestro a veces inasumible y tremendo presente. En nuestro tiempo continúa la masacre de millones de niños inocentes. Millones son masacrados por el aborto, millones más mueren de hambre, cuántos son los que sufren distintos modos de abusos… ¿Nosotros qué hacemos, qué debemos hacer? No olvidemos que la indiferencia, la despreocupación, el mirar para otro lado… son también modos de acabar con muchos inocentes (Cfr. Padre José Medina).