San Esteban, protomártir


“En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los Libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Oyendo sus palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios,… y dijo: veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios. Ellos, dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y como un solo hombre se abalanzaron sobre él, le empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo… Y Esteban, cayendo de rodillas, lanzó un grito: Señor, no les tengas en cuenta este pecado. Y con estas palabras expiró” (Hch 6, 8-10; 7, 54-59).

Tres festividades de santos siguen inmediatamente a la de Navidad: San Esteban, San Juan, los santos Inocentes.

Inmediatamente después de celebrar la alegría del nacimiento de Jesús, la iglesia nos propone reflexionar y celebrar el martirio del primer testigo Esteban. Es como si nos recordara que el nacimiento de Jesús no es una simple celebración folklórica o un recuerdo romántico, sino un compromiso vital, una adhesión total a su vida, su mensaje y su misterio.

Y es que este Niño que nace es aquel que, por fidelidad al proyecto del Padre, llegará hasta la cruz; y como él, sus seguidores son llamados a ser testigos (“mártires”) de la Buena Noticia en su vida. Este martirio, no obstante, lo celebramos como una fiesta gozosa: la muerte de Esteban es su nuevo nacimiento, es la participación de la Pascua de Jesús.

Recordamos también hoy quién fue Esteban y por qué lo mataron: él es el hombre abierto que comprende que la Buena Noticia de la fe cristiana significa apertura a todo el mundo, rompiendo el círculo de normas y leyes del judaísmo. Y eso, los fundamentalistas de su tiempo no se lo podían tolerar. Y Esteban destaca también porque personalmente creía y vivía totalmente el mensaje de Jesús: él, como Jesús, hace aquello tan difícil de amar a los enemigos.

Decía el Padre De Lubac: “Si la vida del cristiano transcurre sin persecución, es porque en ella no está presente la vida de su Maestro; el cristiano siempre será un hombre contestado”. Si bien es cierto que no todo el tiempo la Iglesia, incluso el mismo Maestro fue perseguido, sí debemos reconocer que la persecución en todos los tiempos ha sido el signo INFALIBLE de la autenticidad de la vida evangélica, es de alguna manera la firma que Dios pone en el cristiano. Esto es lógico pues los criterios del evangelio se oponen en muchas ocasiones a los del mundo. Vivir de acuerdo al Evangelio nos pondrá tarde o temprano, en contraposición con los criterios egoístas y utilitarios del mundo. Es bonito celebrar la Navidad, día de gozo y alegría, sin embargo no debemos perder de vista, que al final del camino estará siempre la cruz.