Segunda semana de Adviento: ¡Dad frutos! Preparaos por dentro


Is 11,1: “En aquel día: Brotará un renuevo del tronco de Jesé…”.
Rm 15,7: “…acogeos mutuamente como Cristo os acogió…”.
Mt 3,8: “Dad el fruto que pide la conversión”.

EVANGELIO

Lectura del evangelio según San Mateo (Mt 3, 1-12)

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: —«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: «Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.” Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: —«¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego. El tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»
Palabra del Señor

 
El imperativo de este segundo domingo de adviento hay que completarlo con el resto del versículo 8 del evangelio: “El fruto que pide la conversión”; por tanto no se trata de cualquier tipo de fruto. No frutos amargos ni a destiempo, sin respetar ritmos y procesos de maduración.
La amenaza de Juan Bautista de cortar el árbol que no da fruto hemos de leerla en clave de lenguaje apocalíptico que intenta no simplemente asustar, el miedo no es un buen consejero, sino más bien llamar a la responsabilidad. Es serio, muy serio, lo que hacemos con nuestra vida. Hemos de preguntarnos si estamos dando fruto, aunque sea pequeño, o si somos estériles. La vigilancia que se nos pedía el domingo pasado apunta también por aquí. No se nos pide a todos el mismo tipo de fruto ni en el mismo tiempo.
Todo esto tiene mucho que ver con lo que nos dice Pablo en la segunda lectura de acoger al hermano (Rm 15,7). Sólo dando espacio a Dios y al hermano en nuestra vida podremos dar frutos de conversión. La esterilidad nos habla de vida encerrada en sí misma, incapacidad de generar vida, de quedarnos en la superficie de las personas y situaciones sin que nuestras raíces vayan a lo profundo.
La naturaleza nos enseña a vivir tiempos sin fruto, que no quiere decir esterilidad. En el ciclo otoño-invierno-primavera el árbol se va preparando silenciosa pero tenazmente. Esto nos habla de esperanza en la novedad: “Brotará un renuevo” (Is 11,7). Y siempre es preferible vivir de esperanza que no de amenaza.